La Historia del Universo – Capitulo 3

Continúan las obras de la Creación. Separación de las aguas. Vegetación. El jardín de Edén es transferido en el nuevo planeta. Los grandes luminares. Criaturas marinas. Criaturas volátiles. Criaturas terrestres. Creación de Adán, el primer hombre. Adán se postra en reverente adoración. Estado paradisiaco de la tierra. Adán se admiró de una criatura y la llamó “cordero”. El cordero, una semejanza del Eterno. La promesa de una compañera. El sueño profundo de Adán. Eva es creada para Adán. Un manto real y una corona dados al hombre como honra del Eterno. Adán y Eva muestran sumisión al colocar a los pies del Creador su corona. El hombre, mayordomo fiel, cetro racional y árbitro de la creación. Adán y Eva son concientizados sobre Satanás. El árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Satanás opta por el engaño como arma para lograr que el hombre coma del fruto prohibido.

 


1 Al ser vencidas las tinieblas en el tercer día, el Creador continuó Su obra, haciendo aparecer los inmensos continentes que todavía estaban bajo la superficie de las aguas. Con las manos levantadas ordenó: “Júntense las aguas debajo de los cielos en un lugar y aparezca la porción seca.” En pronta obediencia, las cristalinas aguas cedieron su posición superior a la porción seca que se levantó, sobreponiéndose a ellas. En las regiones bajas de la tierra, las aguas continuarían reflejando el brillo celestial, siendo un refrigerio para las criaturas sedientas. En ese gesto de humildad, las aguas prefiguraban al Creador, que en la gran lucha había descendido al más profundo abismo para hacer renacer en las almas sedientas la vida eterna.

2 Contemplando la faz de aquél nuevo mundo, el Eterno denominó a la parte seca “tierra”, y al recogimiento de las aguas llamó “mares”. Con su poderosa voz continuó, ordenando: “Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla, árbol fructífero que dé fruto según su especie, cuya semilla esté en ella sobre la tierra.” En obediencia al mando divino, la superficie sólida del planeta se revistió de toda suerte de vegetación: lindos prados  a florear, campos reverdecientes entrecortados por ríos cristalinos, bosques sin fin donde árboles frondosos dejaban colgar frutos sabrosos de infinidades  de especies. La tierra era como una tela donde el Creador, por  el poder de Su palabra, coloreaba cuadros de belleza sin par.

3 Mientras que con admiración las huestes contemplaban las bellezas de aquella creación, se sorprendieron al reconocer sobre el nuevo planeta el jardín del Edén, lugar del trono divino. El Eterno, por el poder de Su palabra, lo había transferido hacia el seno de ese mundo especial, donde en justicia sería confirmado el gobierno del Universo. En aquel día primaveral, la brisa acarició mansamente los verdes bosques y los prados en flor, inundando la atmósfera con un suave aroma y frescor. Con-templando Su obra, el Creador con felicidad exclamó: “He aquí todo es muy bueno.” Exuberante, el planeta cumplió un día más en su armoniosa rotación. Las huestes fieles ahora podían comprender mejor la importancia de la luz divina. Su ausencia había ofuscado, en aquella noche, las bellezas de Sión. En ese nuevo día, el Creador expresaría Su gran poder, dando a la tierra luminares que la llenarían de luz y calor.

4 Esos luminares permanecerían para siempre como símbolos de la presencia espiritual del Eterno, que es la fuente de toda la luz. Contemplando el espacio oscuro y vacío que se extendía alrededor de la tierra, con potente voz ordenó: “Haya luminares en la expansión de los cielos, para que haya separación entre el día y la noche;  sean ellos por señales y para tiempos determinados, para días y años. Y sean por luminares en la expansión de los cielos para alumbrar la tierra.” Inmediatamente, el espacio se tornó radiante por el brillo del sol y por el reflejo de planetas y satélites. Ante esta demostración de poder, las huestes fieles se arrodillaron en reverente adoración. En el cuarto día, el Eterno creó los mundos de nuestro sistema solar no para ser habitados como la tierra, sino para el equilibrio del sistema.

5 Llenaron también el cielo de fulgor, ablandando las tinieblas de las noches terrenales. Volviendo los ojos hacia la tierra, las huestes se alegraron por verla radiante en colores. Muy próxima de ella se podía ver la luna que, con su reflejo plateado, ahuyentaría las profundas sombras nocturnas. Envueltos por ese escenario encantador,  los hijos de la luz, regocijantes, saludaron el amanecer del quinto día, que sería de muchas sorpresas. El Eterno tornaría la tierra festiva por la presencia de infinidades de especies de animales irracionales que habitarían toda la superficie del planeta. Esa creación tendría continuidad en el sexto día.

6 Levantando las poderosas manos, el Creador, mirando primeramente hacia las aguas cristalinas, ordenó: “Produzcan las aguas abundantemente reptiles de alma viviente.” De inmediato, las aguas se tornaron ondulantes por la presencia de incontables especies de reptiles que, felices y agradecidos, festejaban la existencia en un continuo nadar y saltar. Desde los seres microscópicos hasta las grandes ballenas, todos aparecieron en completa armonía, reflejando en su naturaleza el amor del Creador. Poniendo los ojos sobre la atmósfera añil que reposaba sobre los reverdecientes bosques, el Eterno continuó: “Vuelen las aves sobre la faz de la expansión de los cielos”. Por medio de Su orden, los Cielos se llenaron de pájaros coloridos que, volando en todas direcciones, tenían en el corazón un cántico de gratitud por la vida. Este cántico llenó el aire, mezclándose con el perfume de los arbustos floridos.

7 Contemplando con placer a Sus criaturas terrenales, el Eterno las bendijo diciendo: “Fructificad y multiplicaos y henchid las aguas en los mares, y las aves multiplíquense en la tierra.” Regocijantes, las huestes fieles presenciaron el amanecer del sexto día. ¿Y qué crearía Dios en ese nuevo día? Esta pregunta reinaba en la mente de todos los seres racionales. Estaban seguros de que algo muy especial estaba por acontecer. Levantando los poderosos brazos, el Eterno ordenó: “Produzca la tierra alma viviente conforme a su especie: ganado, reptiles y bestias salvajes de la tierra, conforme a su especie.” Su voz poderosa fue prontamente oída y, en los bosques y en los campos, se podía ver el resultado de Su poder creador.

8 Animales de todas las especies despertaron a una existencia feliz, en medio de un paraíso de perfecta paz. La tierra se tornaba extremadamente bella, cual princesa adornada para recibir a su rey y señor. ¿Quién sería ese ser especial? Moviéndose con majestad, el Eterno bajo a las glorias del nuevo mundo, dirigiéndose al jardín del Edén, lugar del trono divino. Los ángeles de la luz lo acompañaron reverentes, deteniéndose cual nubes sobre los cielos del paraíso. Todo el Universo observaba con profundo interés el desenvolvimiento de los actos del Creador, en respuesta a las acusaciones de sus enemigos.

9 El momento era decisivo. Todo indicaba que el Eterno demostraría no ser tirano ni egoísta, coronando a alguien sobre el monte Sión. Satanás y sus seguidores no dudaban de que el reino les sería entregado y reinarían victoriosos en el seno de aquel antiguo abismo, donde las tinieblas y la luz ahora se entrelazaban. Los súbditos de la luz se estremecieron ante esa perspectiva. Junto a la fuente del río de la vida, el Eterno se arrodilló solemnemente y, con los elementos naturales de la Tierra, comenzó a moldear, con mucho cariño, una criatura especial. Después de algunos instantes, estaba extendido delante del Creador el cuerpo, aún sin vida, del primer hombre. El Eterno lo contempló y, después de acariciarle la cara fría y descolorida, le sopló en las vías de la nariz el aliento de vida y el hombre comenzó a vivir.

10 Como despertando de un sueño, el hombre abrió los ojos y contempló la dulce faz de Su Creador que, sonriendo, le besó la cara ahora colorida y llena de vida. Se emocionó al oír al Eterno decirle con voz suave y llena de afecto: “¡Mi hijo, mi querido hijo!” Por haber nacido de la tierra, el primer hombre recibió el nombre de Adán. Tomándolo por la mano, el Eterno lo levantó. Sin percibir el escenario de fulgor que lo circundaba, Adán, en un gesto de gratitud por la existencia, envolvió al Creador en un tierno abrazo, postrándose en reverente adoración. Las huestes fieles que admiradas atestiguaban la grandiosa realización divina, emocionadas ante el gesto humano, se postraron también en reverente adoración.

11 Unieron entonces las voces en un cántico de júbilo en salutación a aquélla criatura especial, que despertaba hacia la vida en un momento tan decisivo para el Universo. Con el corazón lleno de felicidad, Adán se unió a los ángeles en su cántico de loor. Su voz, al repercutir por los alrededores floridos, se mezcló al canto de las aves y al mugir de los animales que se aproximaban festivamente. En un paseo de sorpresas inolvidables, Adán fue concientizado de las bellezas de su hogar. Con admiración, contempló el monte Sión, donde brotaba el río de la vida, en una cascada de luz. El glorioso monte yacía coronado por un lindo arco iris. En sus pasos, siguió el curso del río cristalino, que deslizaba sereno en medio de las maravillas del Edén.

12 Se admiraba de los árboles altos que, empapados por la brisa, dejaban colgar de las ramas abundantes flores y frutos. Se inclinaba aquí y allá, atraído por el resplandor de piedras preciosas que por todas partes adornaban el césped. Con intensa alegría, Adán tomaba conocimiento de las infinidades de especies de animales que poblaban el jardín. Todos eran mansos y sumisos y vivían en perfecta armonía y felicidad. Deteniéndose en sus pasos, Adán se admiró de la blancura y ternura de un animalito que brincaba en el césped. Aproximándose, lo tomó en sus brazos, dedicándole un especial afecto. ¡Pues que agradable era acariciar su blanca lana! Sus dulces ojos refle-jaban un brillo de amor y humildad. Había algo de especial en aquel animalito. Afectuosamente, Adán lo llamó “cordero”.

13 Con el animalito en sus brazos, Adán miró agradecido hacia el Eterno y Lo adoró. Contemplando Sus blancas vestiduras, Sus ojos expresivos de un amor sin par, Adán descubrió que tenía en los brazos un símbolo de su Autor. Feliz,  exclamó: “Oh, Señor, este corderito revestido de tan blanca lana, con mirada expresiva de tanto amor, se parece a Ti. Yo quiero tenerlo siempre junto a mí.” Observando los animales, Adán percibió que ellos disfrutaban de un compañerismo especial. Veía por todas partes parejas felices que vivían el uno para el otro. Sus pensamientos se volvieron hacia Su Compañero. Miró a su alrededor y estuvo sorprendido de no verlo. El Eterno se había ocultado a propósito, tornándose invisible.

14 Adán se sentía solitario en medio de aquel paraíso. ¿Con quién compartiría su felicidad y su amor? había allí los animales, pero ellos eran irracionales, no pudiendo compartir de sus ideales. Nacía en su corazón, al caminar solitario en aquel atardecer, un deseo ardiente de encontrar a alguien que pudiese estar siempre a su lado. Mientras que Adán miraba hacia las distantes colinas en la esperanza de ver a alguien, el Eterno se presentó a su lado y le dijo: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré una compañera.”

15 Adán estuvo feliz al oír del Creador esa promesa, justamente en el momento en que tanto anhelaba tener a alguien para que estuviera siempre visible a su lado. Tomado por un profundo sueño, Adán se reclinó en el pecho de su amoroso Creador que, con caricias, le hizo adormecer. En su subconsciente surgieron los primeros sueños coloridos: Contempla la mirada tierna del Eterno; oye el sonido armonioso de la música angelical; descubre las maravillas al derredor: el monte Sión con su arco iris; el río de la vida; los prados en flor; los animales que lo saludaban en fiesta. Se repiten en su sueño las escenas que lo envolvieron en su anhelo; mira al derredor en la esperanza de encontrar a su compañero, más no lo ve. Se siente solitario en su sueño, y eso lo hace buscar a alguien con quién poder compartir su existencia.

16  Su mirada se extiende por  campiñas reverdecientes, divisando a lo lejos colinas floridas. Mientras camina esperanzado, siente la mansa brisa acariciarle el cabello suavemente. Conversa con la brisa: “¡Brisa, tú pareces ser a quién tanto busco; tú me acaricias el cabello; besas mi cara; tú tienes el perfume de los verdes arbustos! ¡Si yo pudiera ver tu faz, la besaría; si yo pudiera tocar tu cabello, haría largas trenzas y las adornaría con las flores de nuestro jardín!” Después de caminar en el sueño por los prados del paraíso, Adán se detuvo mientras que contemplaba el paisaje alrededor. Se admiró de no ver el efecto de la brisa en las ramas floridas. ¿Pero cómo, si la sentía cálidamente en el rostro?

17 Comenzó entonces a despertar de su sueño. Todavía con los ojos cerrados se acordó del momento en que, somnoliento, se recostó en el pecho del Eterno. ¿Sería la brisa el toque de Sus manos? Con esta interrogante abrió los ojos y se emocionó al contemplar una linda mujer que, con las manos perfumadas, le acariciaba con amor la cara. Era la brisa de su sueño; la promesa de un Creador que solo quería hacerlo feliz. Ahora Adán era completo, pues tenía a Eva, que era carne de su carne y huesos de sus huesos. Tomándola por la mano, Adán la invitó a dar un paseo de sorpresas inolvidables. Mostraría a su compañera las bellezas de su hogar.

18 Sensibilizada Eva se detenía a cada paso, atraída por las flores que exhalaban suaves perfumes; por los pájaros que trinaban alegres cantos; por los animales que los seguían sumisos; por la vegetación de ricos matices; por las aguas cristalinas del río de la vida que brotaban en cascada desde el monte Sión. Todo en el paraíso era perfecto y bello, mas nada se igualaba al ser humano, creado a la imagen de Dios. Se volvieron el uno para el otro en admiración y caricias. Empapados por ese amor, permanecieron hasta el atardecer. Con deleite, la joven pareja comenzó a contemplar el sol poniente que, a través de rayos rosados, coloreó el cielo en un lindo arrebol.

19 Era el sexto día que llegaba a su final, dando lugar a las horas de un día especial: El sábado. Ese día, en su significado, sería solemne para todos los súbditos del Eterno, pues su amanecer traería la victoria para el reino de la luz. El sol, que durante el sexto día había alegrado la naturaleza con su brillo y calor, se ocultó, dejándola en frías sombras. Los alegres pájaros, silenciando sus trinos, buscaban sus nidos mientras que los otros animales se recogían. Solamente la pareja permaneció inmóvil, procurando divisar, en el último destello que se apagaba en el horizonte, la esperanza de un nuevo amanecer. Investigaban el sentido de las tinieblas cuando, por entre los arbustos, vieron un lindo lugar, cuyos rayos plateados bañabanos rayos plateados bañaronito la naturaleza en suave luminosidad.

20 Todo el cielo estaba iluminado por el resplandor de las estrellas. Admirados, descubrieron que la noche solamente era tinieblas cuando se miraba hacia abajo. Adán y Eva en su inocencia no sabían que aquella noche simbolizaba el futuro sombrío de la humanidad. Cuando lo comprendiesen, estarían confortados al contemplar el fulgor de los cielos: el lugar hablaría de esperanza y las estrellas centellantes atestiguarían el interés de las huestes de la luz en aclararles las tinieblas morales, dando aliento a los pecadores. Mas serían iluminados apenas aquellos que, desviando los ojos de la tierra, contemplasen los altos cielos.

21 Después de contemplar por algún tiempo el cielo en su luminosidad, la pareja, se acordó de las bellezas del paraíso, volvió los ojos, buscando divisarlas. Estaban, sin embargo, ocultas en medio de las sombras. ¡Cuánto deseaban el amanecer, pues solamente él traería consigo el paraíso! Ante el anhelo del corazón humano, el Eterno apareció en medio de las tinieblas, devolviendo a la pareja la alegría de encontrarse nuevamente en un jardín colorido. Bañados por suave luz, caminaban ahora por prados reverdecientes y floridos. El brillo del Creador despertaba la naturaleza por donde pasaban, coloreando y alegrando todo en derredor.

22 La pareja, admirada, aprendió que al lado del Eterno podrían tener un paraíso en plena noche. Sintiéndose somnolientos, Adán y Eva se recostaron  en el regazo del amoroso Padre, que los hizo adormecer dulcemente, esperanzados en un despertar feliz. Dejándolos sobre el suave césped, el Eterno se elevó dirigiéndose al lado de las huestes contemplativas. Volvería a manifestarse al amanecer, haciendo despertar a la pareja para el más solemne acontecimiento, que reduciría al polvo las más viles acusaciones de los enemigos. La noche oscura y fría, a través de sus largas horas, parecía burlarse de la luz. ¿Ofuscaría para siempre las bellezas de la creación? ¡Oh, jamás! El sol no retrocedería ante la imponencia de las tinieblas; aparecería en breve como un libertador, arrebatando con sus cálidos rayos la naturaleza de las frías garras, dándole vida y color.

23 En un último desafío, las tinieblas se tornaron densas en las horas que antecedieron el amanecer. La noche arremetía sus fuerzas para luchar por el dominio usurpado. Finalmente, apareció en el este un destello que parecía hablar de esperanza en un nuevo día. El cielo poco a poco se tornó colorido de un rojizo vivo. Las tinieblas impotentes se retiraron ante la fuerza creciente de la luz y fueron consumidas en su fuga. La naturaleza comenzó a despertarse de la larga noche, reflejando en su seno los nostálgicos rayos. Flores se abrirían, exhalando perfumes de alegría; animales y aves, silenciados por la noche, unían las voces en un cántico triunfal en salutación al amanecer de aquel día grandioso.

24 La negra noche había llegado al final, dando lugar a la luz del día soñado —día que para Dios tenía un sentido especial, pues prefiguraba la victoria final de Su reino sobre el dominio de la rebeldía. — El Eterno ahora despertaría a Sus hijos humanos que, bañados por la luz de Su presencia, habían dormido con la esperanza de un amanecer feliz. En una marcha festiva, todas las huestes santas, con cánticos de victoria, lo acompañaron rumbo al paraíso bañado en luz. Cuando ya estaban próximos, el Creador se detuvo contemplando a la pareja adormecida, y exclamó suavemente: “Despierten hijos míos.” Su voz penetró en los oídos de Adán y Eva, despertándolos para la más feliz comunión.

25 ¡Cuán deprisa rayó la tan esperada mañana, trayendo en su luz el dulce paraíso, perdido en aquella noche! Con alegría la pareja saludó a su divino Creador, uniéndose a los ángeles en antífonas triunfales. El Universo vivía un momento en verdad solemne. En aquella mañana festiva, el Eterno habría de revelar la grandeza de Su carácter, que es justicia y amor. Las acusaciones de que Su gobierno era de egoísmo y tiranía serían refutadas. A los ojos de todas las criaturas racionales del vasto Universo, Dios condujo a la joven pareja al monte Sión, lugar del trono divino.

26 Allí, ante el estremecimiento de las huestes enmudecidas, el Creador, en un gesto sorprendente, cubrió al hombre con el manto real, colocándole sobre  su cabeza la corona que había sido codiciada por Lucifer. Movidos por profunda gratitud por la suprema honra conferida, profunda partoAdán y Eva se postraron reverentes, colocando a los pies del Creador su corona preciosa, en señal de sumisión. Siguió a ese gesto humano un grito de victoria que sacudió toda la Creación. Los hijos de la luz, que por tanto tiempo habían sufrido afrentas y humillaciones ante las constantes acusaciones de las huestes rebeldes, exaltaron en retumbante alabanza al Dios bendito, que en Su obra de justicia desmintió a los enemigos, revelando Su carácter de humildad, desprendimiento y amor.

27 Teniendo constituido al hombre como el señor de toda la creación, el Eterno, con voz solemne, comenzó a concientizarlo de la grandiosidad de su misión. Como un mayordomo fiel, debería cuidar del paraíso, manteniendo limpia la fuente del río de la vida. Las leyes de la justicia y del amor, fundamentos del reino de la luz, deberían ser honradas. Como un cetro racional, le correspondería al hombre, en un gesto de reconocimiento  y gratitud, aceptar libremente el gobierno de Aquél que lo creó. Las huestes, que maravilladas atestiguaban la revelación del desprendimiento divino, comprendieron que el Señor de la Luz no gobernaría más el Universo, a no ser con el consentimiento humano.

28 El hombre, por la voluntad del Eterno, fue hecho el árbitro de la creación; en su glorioso ser, hecho a imagen del Creador, resplandecía el sello del dominio eterno. Después de revelar a la pareja la infinita honra y responsabilidad de su misión, el Creador los concientizó del conflicto espiritual que se trababa por la conquista del dominio universal: Lucifer, que por incontables eras había servido al divino Rey en Sión, había sido corrompido por el orgullo y por el egoísmo, siendo seguido por un tercio de las huestes racionales; buscaban ahora destronar al Eterno, deshonrándolo con viles acusaciones.

29 Habiendo revelado al ser humano la dolorosa situación en que el Universo se encontraba, el Eterno, en un gesto solemne, les mostró dos árboles altos que, cargados de grandes frutos, se elevaban en ambas orillas del río que nacía del trono. Al que se elevaba a la derecha el Señor reveló ser el árbol de la vida monumento del reino de la luz. Al que se elevaba en la otra orilla reveló ser el árbol de la ciencia del bien y del mal —símbolo de la rebeldía. — Comiendo del fruto del árbol de la vida, el hombre manifestaría su sumisión al Creador, que es la Fuente de la vida y de la luz. Comer del otro árbol sería entregar al enemigo el dominio de Sión.

30 El inevitable resultado de ese paso sería la muerte eterna, no solamente para el ser humano, sino para toda la creación, que se reduciría al caos bajo la furia de la rebeldía. Después de contemplar demoradamente los dos árboles altos, que externaban en sus frutos tan infinita responsabilidad, Adán se postró ante el Creador, diciendo: “Digno eres Señor de reinar sobre el Universo, pues por Tú sabiduría, amor y poder todas las cosas fueron creadas y subsisten.” El sábado, emblema del triunfo divino, se hinchió de alabanzas.

31 Todos los hijos de la luz se unieron al ser humano en el más armonioso cántico de exaltación a Aquél cuya grandeza es sin par. Fue con espanto que Satanás y sus seguidores atestiguaron la grandiosa realización del Eterno. Presenciaron con amargura la alegría de los fieles ante la coronación del hombre, acontecimiento que lanzó por tierra las fuertes acusaciones que ellos habían levantado contra el gobierno divino. Llenos de ira y frustración, consideraban ahora su triste condición. Cuán terrible y humillante les era el pensamiento de ver sus planes de rebeldía desvanecerse delante del Creador, semejantes a las sombras de aquella noche.

32 Si pudiesen, pensaban, llenarían el sábado de tinieblas, borrando de la mente de los súbditos del Eterno cualquier esperanza de victoria. Finalmente, en sus consideraciones, Satanás y sus liderados comprendieron que les quedaba una oportunidad: en medio del jardín del Edén, en las alturas de Sión, se elevaba, junto al río de la vida, el árbol de la ciencia del bien y del mal. Bastaría un gesto humano, nada más, y tendrían bajo su poder, para siempre, el dominio codiciado. ¿Pero cómo seducirlo? Animado ante la perspectiva de una conquista, Satanás buscó, con ingeniosidad, formular un plan de abordaje. Sabía que, si fallase en su tentativa, todas las esperanzas de triunfo se habrían disuelto, desmoronándose todos sus sueños de aventura. Concluyó que el engaño habría de ser su poderosa arma.

33 — ¡¿Acaso no había sido a través de él que consiguió dominar un tercio de las huestes celestiales?! Esperaría, por lo tanto, un momento propicio para armar su emboscada. —

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